Terminó. Sporting Cristal cayó 2-0 ante Cusco F.C. y con eso se acabó la temporada 2025. Un partido donde el local hizo lo que tenía que hacer: apretó cuando debía apretar, dominó con claridad desde el minuto 30 hasta más o menos el 70 y, cuando con la serie ya en el bolsillo, decidió administrar el tiempo. Y a Cristal ese tiempo le quedó chico. Como esta temporada nos quedó grande.
Porque acá viene la parte incómoda: la reacción no alcanzó. Y no porque falte actitud. Actitud hubo. Vergüenza deportiva hubo. Pero para remontar un 2-0 como este no basta con la rabia. Para remontar necesitas fútbol. Necesitas pisar la pelota, ordenarte, tener una receta, repetirla con criterio, generar chances claras. Y este Cristal no tiene eso. No lo tuvo ayer. No lo tuvo en los playoffs. No lo tuvo en el año.
La pregunta cae sola: si no hay fútbol… ¿a santo de qué íbamos a voltear esto?
Y ojo: que nadie se confunda por el camino que hicimos para llegar acá. Sí, eliminamos a Alianza Lima. Pero seamos serios: ese pase se construyó con camiseta, con personalidad y también con algo que Alianza trae de fábrica: esa facilidad histórica para enredarse cuando huele presión. A Alianza lo sacamos con carácter, pero eso no convierte a Cristal en un equipo. Y ayer, cuando tocó jugar un partido complicado en altura, pasó lo lógico: el equipo que fue mejor durante el año fue superior.
Y acá hay dos lecturas, ya cada uno verá con qué se queda.
La del “vaso medio lleno” dirá: “con un plantel corto, quedamos terceros”. Perfecto. Yo lo veo al revés: si esto fue lo máximo que pudo hacer Cristal, no es motivo de orgullo: es motivo de drama. Que el mejor escenario de esta temporada sea “terceros” te grita en la cara lo mal que estuvo todo. Y lo peor: los últimos partidos te daban una foto falsa, como si Cristal fuese más de lo que realmente fue en 2025. Hoy el partido nos devuelve a la realidad, con un cachetazo limpio.
Porque este 2025 no fue un mal día. Fue un mal año entero. Empezó el desastre desde diciembre pasado, cuando esta dirigencia rácana e ignorante armó una temporada de Libertadores con un equipo disminuido: sin centrales, sin laterales, sin recambio, sin extremos, sin delanteros. Después estaba Guillermo Farré, y con él la vergüenza hasta abril. Llegó Paulo Autuori y se vendió la idea de la “reconstrucción”. Y lo que vimos fue otra cosa: meses de cambios raros, de decisiones sin sentido, de un equipo que nunca supo a qué jugaba.
Y ayer, para colmo, Autuori salió con un once que parecía una broma de mal gusto: Diego Otoya de nueve, Maxloren Castro de lateral izquierdo, Fernando Pacheco como referencia ofensiva, y toda la banda izquierda regalada. Cusco vio por dónde era la ruta y atacó exactamente por ahí. Resultado: desorden, huecos por dentro, Miguel Araujo duplicando, Rafael Lutiger apagando incendios y Cristal corriendo atrás de la jugada.
Cuando Cusco dejó de presionar —cuando se quedó con diez, cuando tenía el resultado y decidió conservar— Cristal tuvo la pelota. Sí. Pero tuvo la pelota para lo mismo de todo el año: no generar nada. Los números lo pintan sin poesía: sólo cuatro remates al arco y ninguna chance clara. Posesión partida. Carga estéril. Mucho ruido, cero receta.
Entonces, que este 2-0 sirva para dos cosas: Primero, para que nos fastidie la noche, sí. Porque perder siempre molesta. Pero segundo, y más importante: para que nadie nos venga a contar cuentos. Para que mañana no salga Julio César Uribe a inventar epopeyas. Para que Gustavo Zeballos no pretenda maquillar el año. Para que no nos vendan como “objetivo cumplido” algo que fue un fracaso. Porque acá está el punto: si ayer conseguíamos el Perú 2, en La Florida lo estarían ya vendiendo como un «masterclass». Como si el 2025 hubiese sido una gran temporada. Como si el desastre fuese una exageración del hincha. Y no. La realidad les golpeó en la cara y les quitó esa posibilidad.
Lo único rescatable de todos estos playoffs —si hay que rescatar algo— es ese momento en que Cristal olió sangre y recordó que es grande: eliminó a Alianza a punta de escudo, camiseta y carácter. Eso queda. Eso se disfrutó. Pero todo lo demás fue lo mismo: una mala temporada que, felizmente, ya terminó.
Ahora viene lo realmente angustiante: lo que sigue. En febrero: Fase 2 de Copa Libertadores. Faltan dos meses y en los siguientes días, en teoría, nos enteraremos quién se queda, quién se va, quién llega. Y con Innova Sports y Joel Raffo, las decisiones suelen ser las equivocadas. De Uribe y Zeballos se espera muy poco porque en estos meses han mostrado ser más comparsa que conducción.
¿Nos queda algo positivo? Dos o tres nombres para no caer en la desesperanza absoluta: los últimos partidos de Martín Távara, el crecimiento de Ian Wisdom y de Maxloren Castro, el presente de Diego Enríquez y la impresión de que con Gustavo Cazonatti sano, otra hubiera sido la canción. Pero también hay bombas relojeras: los jugadores que supuestamente tendrían que sumar jerarquía a este plantel se les ve tan pretéritos como una película muda. Yoshimar Yotún fundido, Christopher González frágil, Irven Ávila caduco. Y lo que quizá sea la peor de todas: la permanencia de Paulo Autuori, como si su trabajo fuese aún “promesa” y no, hace rato, clara evidencia. Un técnico que fue perdiendo torneos uno tras otro bajo la promesa de que el siguiente es el que de verdad va a funcionar sin que nada funcione.
Se acabó la temporada 2025. Y, por duro que suene, este fue el cierre coherente para un año terrible. Ojalá que, esta vez, hayan aprendido algo para la siguiente.