Vivir en el pasado

Sporting Cristal atraviesa probablemente el momento más delicado de toda la era Innova Sports. El equipo terminó el apertura entre los últimos del torneo, la relación con la hinchada está rota, despidieron al técnico y ya es innegable que hay jugadores que no están a la altura, que la dirigencia perdió credibilidad y que cada decisión parece generar más dudas que certezas.

En ese contexto vuelve a dar la cara Julio César Uribe. Y, aunque a Uribe lo hemos visto dar espectáculos lamentables en todo el último año, su aparición reciente es interesante.

Porque la noticia no es solamente que Uribe salga a hablar sino el mensaje. En los últimos días han quedado claras dos certezas. La primera es que quien corta el jamón en Sporting Cristal parece ser Carlos Gonzales y no Joel Raffo. Parece, repito. La segunda es que parece que a Uribe le han dado poderes plenos para (re)organizar todo. Es decir, Innova decidió darle a Uribe el poder que antes tenían otros. Eso significa algo muy simple: quienes venían tomando las decisiones ya no convencen ni siquiera a sí mismos. El fracaso de Innova es tan contundente que ni siquiera ellos mismos siguen pensando que tienen la capacidad para hacerle frente.

Los romanos tenían una figura para estos momentos. Cuando la República entraba en crisis nombraban un Dictador. No era un tirano cualquiera. El dictador romano era una persona que recibía poderes extraordinarios para resolver una emergencia que las instituciones normales ya no podían manejar. Y yo no puedo dejar de pensar que eso es exactamente lo que está pasando en Sporting Cristal. Está en crisis, los encargados de hacerle frente no pueden, y nombraron a su «dictador». A su propio «Julio César».

La pregunta es si Julio César Uribe puede ser, realmente, el «Julio César» que se necesita. Si tiene el criterio y la capacidad para ocupar el rol de ser la persona que, con poderes extraordinarios, puede tomar decisiones extraordinariamente correctas.

Y ahí empiezan las dudas.

Es inútil e irrelevante, siempre lo fue, hablar de lo que fue Uribe como futbolista. Es inútil porque nadie lo pone en duda y es irrelevante porque lo que fue Uribe no nos sirve de nada. De absolutamente nada. Es absurdo pensar que porque alguien fue muy bueno en una actividad hace 30 años, va a ser bueno en otra actividad. A veces pasa, pero no es automático. Por eso es que no se entiende a Uribe, que debería mostrar virtudes actuales, sustentar su momento haciendo referencia a cosas pretéritas que no significan lo que él cree. Que su historia como futbolista sea una historia de éxito no logró que su historia como entrenador llegara por lo menos a mediocre y se quede en ser simplemente mala. Tampoco, consecuentemente, garantiza que su trayectoria como dirigente deje de ser lo que viene siendo desde que el año pasado llegó a aplaudir a Innova y a dorarle la píldora a la hinchada rimense a la que dice respetar.

De lo que hay que hablar, entonces, no es de cómo le salía la cuchara a Julio César ni del baile que pegó en el estadio Centenario hace 45 años. La pregunta incómoda es otra:

¿Qué decisión futbolística importante tomada por Julio César Uribe durante los últimos treinta años sirve hoy como garantía de éxito? ¿Cuál de esas le da hoy la espalda y la autoridad para mostrarse vociferando lisuras en un medio de comunicación como si fuese un bandolero y no la persona que tiene que llevar a la excelencia a una institución modelo como es Sporting Cristal? ¿Acaso Ricardo Bentín carajeaba a los periodistas? ¿Acaso François Mujica hijoputeaba con dejo colombiano mostrando lo macho que era? ¿En qué momento pasamos de ser el club modelo a, tal parece, la chacra de un coprolálico inconsecuente que, lo mismo que manda a la mierda, pregona respeto a la situación humana?

Y es que cuando uno intenta responder esa pregunta aparecen muchos silencios más que respuestas.

Y eso nos lleva a Roberto Mosquera.

Siempre lo hemos dicho: Mosquera forma parte de la historia grande de Sporting Cristal. Es ejemplar como hincha, jugador, asistente técnico y técnico. Son muy pocos los éxitos que tiene el club en el que su nombre no está escrito como protagonista o acompañante. Mosquera tiene méritos suficientes para que nadie necesite explicarlos. Pero una cosa es respetar su legado y otra muy distinta es convertir ese legado en un argumento para justificar cualquier regreso.

Porque el primer interesado, eso también lo dijimos siempre, en que su legado se respete debe ser el mismo Roberto Mosquera. Y dijimos hace cuatro años, en el 2021, cuando se hizo evidente que su proceso ya había caducado y él aceptó seguir una temporada más sin sustento, exponiendo su legado innecesariamente. Como dice el dicho, uno muere siendo héroe o vive lo suficiente para convertirse en villano. Y Mosquera coqueteó con lo innecesario y estuvo a casi nada de convertirse en villano (como lo hizo Uribe). Los errores que cometió son varios que se mezclan en la pálida imagen que dejó, en todo sentido, su equipo a fines del 2022 de lo que no se puede desemparejar infelices decisiones como la contratación de J. J. Mosquera. Al final de su último ciclo, es claro que su presencia en La Florida ya no era positiva y que las señales de desgaste eran evidentes. El equipo había dejado de evolucionar. Los problemas eran visibles.

Desde entonces, tampoco es que la carrera de Roberto Mosquera haya mejorado. No ha encadenado campañas que renueven la ilusión en su criterio o sus métodos. Dirigió a la Universidad César Vallejo sin lograr objetivos el 2023, dirigió a Alianza Huánuco en su camino al descenso el 2025 y este año participó de la mala campaña del Sport Huancayo que es uno de los pocos equipos que está peor que nosotros. Su última buena campaña fue precisamente la del título 2020. Desde aquel recuerdo, Cristal involucionó y, claramente, Roberto Mosquera también y su presente no invita a ningún tipo de ilusión. Por eso es que la noticia de su llegada se tiene que rodear de alusiones al innegable ADN celeste, al gran amor que siente por la camiseta celeste o a la nostalgia.

Y es que realmente cuesta creer que su regreso sea una decisión basada en criterios deportivos. Por el contrario, el mismo Uribe en sus excesos dejó en claro que esa decisión, suya enteramente, es una decisión basada únicamente en la confianza personal. Roberto Mosquera no regresa a Sporting Cristal por que su presente lo reivindica. Regresa porque en el horizonte de Julio César Uribe parece que no hay más allá que la nostalgia y el pasado. Por eso habla siempre de lo que fue, de lo que aprendió, de lo que conoció, de lo que superó y casi nunca de lo es, de lo que aplica, de lo que sabe y de lo que soluciona. Y, a fin de cuentas, termina haciendo lo mismo que hicieron sus jefes y que hoy los llevó a claudicar: preferir a los amigos por sobre el análisis.

Y ahí está el problema.

Cuando los proyectos empiezan a fracasar, como este de Innova Sports, siempre aparecen dos caminos. El primero es revisar qué salió mal y buscar soluciones nuevas. El segundo es mirar hacia atrás buscando refugio en nombres conocidos. Uribe, en la hora difícil, ha elegido lo segundo.

Curioso. Curioso para un hombre que no se cansa de gritar que no vive del pasado. Pero las verdades no hay que gritarlas, hay que demostrarlas. Y cuando la primera gran decisión que toma en su gestión se construye desde la nostalgia, desde los vínculos personales de antaño, desde la idea de que lo que funcionó antes puede funcionar hoy, es evidente que estás demostrando que no sólo vives del pasado, en realidad vives en el pasado.

Nada nos haría más felices que equivocarnos. Nada nos haría más felices que ver que Uribe sí es «Julio César» y si está en la capacidad de tomar decisiones para salvar la crisis. Que se llegue a rescatar al club y que Roberto Mosquera pueda, en base a trabajo más que a ADN o a amor, devolverle competitividad a un equipo que parece agotado. Devolverle brillo a una camiseta que Innova Sports ha bastardeado hasta el límite, con la clara compañía de Uribe (hay que decirlo) en los últimos meses.

Los romanos nombraban dictadores cuando las instituciones ya no podían resolver una crisis. Les entregaban poderes extraordinarios porque entendían que la emergencia exigía decisiones extraordinarias. Pero incluso ellos eran elegidos por sus victorias recientes, por su capacidad demostrada para resolver problemas y no por recuerdos de juventud. Ahí está la verdadera duda que deja hoy Sporting Cristal. Nadie discute lo que Julio César Uribe fue, la pregunta es otra: si en 2026 existen razones reales para confiarle las llaves de una institución en crisis. Porque la confianza no se construye con recuerdos. Se construye con antecedentes. Y hoy, siendo honestos, esos antecedentes invitan mucho más a la preocupación que al optimismo.

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