En el Rímac, el temblor aún no termina.

No todo lo que brilla en las estadísticas se siente igual en la tribuna. Y ayer, aunque los números quieran sugerir que Sporting Cristal ganó un partido que dominó, lo cierto es que el equipo ayer tampoco jugó bien. Controló las acciones, sí, pero con mucho miedo, sin tranquilidad. Generó varias, claro, pero con demasiada imprecisión. Deportivo Garcilaso hizo daño con poco, pero hizo suficiente daño. Todo esto basta para mantener una sombra amenazante y alejar la idea, peregrina, de que el zamacón ya pasó. La zaga en general, con Rafael Lutiger y Alejandro Pósito jugando juntos como centrales titulares por primera vez, no ofreció seguridad ni sincronía. En ataque, la sensación de que se podía marcar diferencia convivía con errores no forzados que truncaban cada intento. El doblete de penales de Martín Cauteruccio, los goles, los números… todo eso está. Pero lo que se llevó la poca gente que asistió al Alberto Gallardo no fue entusiasmo: fue fastidio. Este Cristal no fluye. No emociona. Y aunque los diez días de trabajo que tuvo Paulo Autuori durante la para FIFA se notan en lo táctico, el fondo es otro: el temporal quizá amaine, pero el cielo sigue cargado.

El partido se paró a los 35 minutos del primer tiempo por un temblor de 6.1 que sacudió Lima. Sí, literal. El árbitro detuvo el juego, algunos sectores de las tribunas fueron evacuados por seguridad y, por un momento, todos se miraron como diciendo: «¿esto también?». Fue breve, pero fue simbólico. Porque este Cristal vive en un equilibrio tan frágil que un sacudón —del piso o del rival— siempre parece capaz de tirarlo abajo. La reanudación fue correcta, el equipo no se desordenó, y eso se agradece. Pero hasta eso nos dice algo: ganamos con el pulso acelerado.

Cristal tuvo más y creo que mereció más, sí, pero volvió a ser un equipo que no termina de imponer condiciones. Hay posesión, hay momentos de manejo, hay tramos de juego, hay intención. Pero falta alma. Falta estructura. Falta contundencia. No ha sido suficiente para sacudir la idea de fragilidad y de que, ante un rival con más potencialidad que este Garcilaso, Cristal no tendría cómo ni con qué. Y eso es lo que más preocupa.

Ayer en el Gallardo se quiso ver alguna señal pero lo que se vió fue un susto telúrico y un marcador ajustado. Ganamos, sí, pero con dudas. Y ese es el tipo de victorias que, con el tiempo, no suma: solo posterga.

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