Sporting Cristal ganó 2–0 a Juan Pablo II College. Tres puntos a la bolsa. En frío, eso debería bastar. Pero el fútbol no es contabilidad y este partido fue exactamente ese tipo que al hincha celeste lo deja fastidiado incluso cuando gana.
No es para entrar en pánico. No es para pensar que el equipo se cae a pedazos. Para preocuparse de verdad tendría que haber pasado otra cosa: que Juan Pablo II empatara el partido que estuvo a punto de empatar, o peor aún, que con diez hombres nos dominara. Eso sí sería alarma. Esto no es alarma, es fastidio. Porque Cristal tuvo todo para hacer un partido claro, serio, contundente: rival con diez hombres, espacio, pelota, tiempo, campo. Y aun así, de cada cuatro jugadas, en dos decidíamos mal; de las otras dos, una terminaba bien y la restante era mérito ajeno o quedaba a medio camino. Un verdadero dolor de ojos por tramos.
No se trataba de meter diez goles. Se trataba de demostrar criterio. Automatización. Resolver situaciones repetidas con naturalidad. Pero cuando Cristal se encuentra con un equipo replegado, en lugar de crecer en soluciones, parece involucionar. Después del gol anulado a Santiago González, que fue probablemente el mejor momento colectivo, el equipo bajó revoluciones y empezó a insistir por los costados como único recurso. Centro y a esperar. Centro y a ver qué pasa.
Y cuando los centros salían, las decisiones finales no acompañaban. Yoshimar Yotún, Martín Távara, Maxloren Castro, Santiago, incluso el propio Felipe Vizeu en el tiempo que estuvo… la sensación era la misma: había escenario para hacer daño, pero faltaba precisión, calma y, sobre todo, fútbol.
Que quede claro: Cristal fue superior en ambos tiempos. En el primero, el partido estuvo friccionado hasta la expulsión del rival. No fue un buen primer tiempo. Se nos cerraron caminos y faltó claridad. En el segundo, con un hombre más y mucho más espacio, el equipo tuvo libertad absoluta para resolver el partido con autoridad. Y no lo hizo.
Y aquí está el punto incómodo: Juan Pablo II tuvo cuatro ocasiones claras para empatar. Dos remates que resolvió bien Diego Enriquez, un cabezazo que se fue apenas desviado y esa última pelotera antes del segundo gol que, si terminaba adentro, estaríamos hablando de otra cosa. Ganamos, sí. Pero estuvimos más expuestos de lo que debería permitir un partido así.
Estos son los puntos que hay que sumar sin discusión. Y se sumaron. Eso es el vaso medio lleno: Es recién el cuarto partido del año, el funcionamiento no es definitivo, el equipo genera, en algún momento el arco se va a abrir con más naturalidad. Todo eso es cierto.
Pero también está el vaso medio vacío. Esta dificultad para transformar dominio en contundencia no es nueva. No nació ayer. No empezó este año. No empezó con Paulo Autuori. Le pasó a Thiago Nunes. Le pasó a Enderson Moreira. Le pasó a Guillermo Farré. Es un patrón que venimos arrastrando: controlamos, pero no liquidamos.
Y en Copa Libertadores no basta con generar. Hay que meter las que tengas. Punto. Vizeu tiene dos goles en dos partidos, y el número puede seducir, pero el rendimiento general sigue dejando dudas. El gol es importante, sí, pero el sistema ofensivo necesita algo más que apariciones puntuales.
Tampoco en defensa estamos mostrando una solidez que tranquilice. FBC Melgar nos hizo daño seguido. Deportivo Garcilaso con poco nos complicó. Universidad Católica también. Y ahora, un equipo limitado y con diez hombres generó cuatro claras. No es un detalle menor pensando en lo que viene.
Porque el martes aparece Sportivo 2 de Mayo, entonado por su resultado internacional, con ese impulso anímico que a veces pesa más que cualquier tabla de posiciones local. Y uno no imagina a Cristal saliendo a especular. No es lo que viene mostrando el equipo. Pero tampoco podemos ir a intercambiar golpes si no somos contundentes.
En resumen: no es fecha de preocupación existencial. Es fecha de fastidio. De esa incomodidad que solo entiende el hincha que no se conforma con ganar. A nosotros no solo nos gusta ganar. Nos gusta ganar bien. Con autoridad. Con claridad. Frente a rivales como este, además, se espera que se note la diferencia sin discusión.
Se ganó lo que se tenía que ganar. Pero nadie se fue contento. Y eso, aunque parezca exagerado, también dice algo.