A nadie le gusta, pero es lo que hay

Sporting Cristal le ganó a Bolívar. Y si uno mira el resultado —1 a 0, dos goles de Martín Cauteruccio, chances mínimas pero efectivas, rival superior en el desarrollo— podría pensar que fue una gran noche. Pero los que vimos el partido sabemos que no fue así. Fue feo. Muy feo. Y fue nuestro.

Cristal eligió soportar a Bolívar desde el inicio. Se defendió como pudo, reboleó todo lo que se acercaba, apostó a la puntería de su nueve y al pundonor de sus sobrevivientes. No es el fútbol que nos gusta, definitivamente, y por eso no hubo hincha celeste que no saliera del Nacional masticando rabia. No es el fútbol que representa nuestra historia ni nuestra camiseta. Pero es, honestamente, lo único que se podía hacer hoy.

Paulo Autuori no hace magia. El inmenso cariño a los colores nos hace olvidar por momentos que el entrenador llegó a un club roto. A dirigir un equipo desfondado, sin ideas, sin físico, sin identidad. A un club con una dirigencia felona y caradura y con una hinchada al borde del quiebre emocional. Frente a eso, se optó por lo único medianamente viable, por el pragmatismo: orden, bloque bajo y tierra firme. Nada de jugar “como grandes” si no teníamos con qué. Porque en esta etapa, salir a ilusionarse sin sustento no era valentía ni identidad, era simple suicidio.

Y en ese esquema, se hizo bien. Porque el equipo, por primera vez en mucho tiempo, supo a qué jugaba (aunque a nadie – ni siquiera al mismo Autuori – le gustó lo que se hizo). Se sostuvo en su orden (cuando pudo) y en su instinto de supervivencia (cuando no quedó otra). Y con dos ráfagas de efectividad brutal, Martín Cauteruccio le dio forma a un triunfo que pesa mucho más de lo que parece.

Ayer dijimos que el de ayer no era una revancha y fue verdad. Este partido no fue una respuesta a Bolívar. Fue una respuesta al abismo. Nuestra reacción de haber visto el blanco de los ojos al mismo diablo. Una señal —pequeña, imperfecta, pero real— de que la caída puede haberse frenado. Que ya habíamos tocado fondo y que, desde ahí, estamos intentando reconstruir.

No hay que mentirse, el análisis no da para más. Jugamos mal. El rendimiento no garantiza que podamos superar los siguientes escollos. Pero jugamos desde lo que hay, y no desde lo que soñamos. Y tal vez eso, hoy, sea lo más sensato que hemos hecho en todo este año.

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