La derrota en São Paulo deja bronca. No tanto por haber perdido en la cancha de Palmeiras —que ya de por sí era un escenario dificilísimo y uno de esos partidos que, en la previa, cualquiera marcaba como de los más bravos de toda la fase de grupos— sino por la forma en que se terminó perdiendo. Porque una cosa es ir al Allianz Parque, sufrir lo que había que sufrir y terminar cayendo por la diferencia lógica entre un equipo brasileño de primer nivel y un Sporting Cristal todavía en reconstrucción. Y otra muy distinta es irte con la sensación de que te quitaron de las manos un punto que ya empezabas a saborear.
Y esa es la sensación que queda. No digo una verdad absoluta, digo una sensación. La sensación de que el empate, a esas alturas del partido, ya estaba ahí, al alcance, y que el penal que termina resolviendo todo fue, por decirlo elegantemente, bastante discutible. Tan discutible que uno siente que si esa misma jugada se daba en otro momento del encuentro, o en otra cancha, o con otra camiseta defendiendo la localía, probablemente no la cobraban. Pero se cobró. Y se cobró con esa convicción exagerada que a veces aparece cuando el local brasileño, poderoso, millonario, prestigioso, se va quedando sin el resultado que el libreto suponía natural. En ese punto, con el reloj avanzando y el invento empezando a desinflarse, apareció el penal. Y claro, eso deja mal sabor de boca.
Ahora bien, dicho eso, tampoco podemos refugiarnos únicamente en el arbitraje para explicar el partido. Porque si lo hacemos, nos mentimos. Y lo cierto es que Cristal no hizo un gran partido.Hizo un partido digno, aplicado, mucho más serio de lo que muchos imaginábamos viendo el contexto de la semana, el momento del club y la jerarquía del rival. Pero no fue un partido de poder a poder. No fue un partido en el que uno diga “Cristal fue superior y lo asaltaron”. No. Palmeiras fue mejor. Fue mejor en el volumen, en la intensidad, en la velocidad y en la manera de desnudar las falencias de un equipo que todavía está lejos de ser una versión consolidada de sí mismo .
Lo que ocurre es que una cosa no quita la otra. Palmeiras pudo perfectamente habernos ganado por tres o cuatro goles sin que eso alterara demasiado el desarrollo general del encuentro. Pero también es cierto que Cristal llegó vivo al tramo final, que logró competir dentro de sus limitaciones y que cuando el partido ya se acercaba al cierre, el resultado favorable para el local tuvo que venir empujado por una decisión arbitral que seguirá generando discusión. Las dos cosas conviven.
El primer tiempo, por ejemplo, fue durísimo. Palmeiras superó a Cristal prácticamente en todos los sectores de la cancha. No solo por lo que producía, sino por el apuro, la angustia y la desesperación que le generaba a un Cristal que por momentos parecía jugar perseguido por su propio miedo. Se cometieron demasiados errores no forzados, demasiadas decisiones apuradas, demasiadas pelotas mal jugadas. El rival apretaba, aceleraba, presionaba con talento y con años de trabajo interiorizado, y eso hacía que cualquier falla de Cristal pareciera multiplicarse.
Pero en medio de ese dominio brasileño apareció la jugada del gol, y apareció bien. Porque no fue una pelota parada caída del cielo ni un rebote salvador. Fue una jugada bien armada, de las pocas en las que Cristal pudo conectar con claridad. Irven Ávila metió un centro muy bueno, de esos que van al lugar exacto donde deben ir. Y Juan Cruz González, que ya bastante venía remando el partido, resolvió como resuelven los jugadores cuando se sienten con confianza: acomodó el cuerpo y sacó una volea formidable, de esas que se gritan por el golazo mismo y también por el alivio que traen. Porque ese 1-1, en un partido que se venía haciendo cuesta arriba, fue un respiro enorme.
Y quizá ese fue el primer gran mérito de Cristal: entender que, aun siendo superado, podía encontrar vida si era preciso en las pocas que tuviera.
Para el segundo tiempo, además, el equipo mejoró. No en el sentido de dominar a Palmeiras, porque eso no pasó. Pero sí en la tranquilidad, en la administración, en la forma de cometer menos errores groseros. Zé Ricardo planteó un partido interesante. Mantuvo las dos líneas de cuatro, apostó por un bloque corto, un equipo compacto, con dos delanteros adelante tratando de incomodar y con la idea clara de no abrirse de más. Fue un libreto modesto pero serio. Y frente a un rival como Palmeiras, a veces mantener la seriedad ya es bastante.
Por momentos se vio un Cristal aplicado, consciente de sus límites y también de sus posibilidades. No dio la imagen de un equipo entregado, ni de uno que vino solo a aguantar el castigo. Defendió, corrió, trató de cerrar espacios y, dentro de lo que podía, compitió. Eso también hay que reconocerlo. Porque con todo el ruido de la semana, con la derrota ante Moquegua todavía fresca, con el técnico recién llegado y con la sensación general de inestabilidad, era perfectamente posible esperar una noche desastrosa. Y no la fue.
Hubo también rendimientos individuales que sostuvieron la ilusión. Diego Enríquez tapó muy bien un par de jugadas y casi se queda con el penal. Los centrales, principalmente Rafael Lútiger, resistieron bien, los laterales trabajaron, el bloque intentó mantenerse ordenado y, aunque Palmeiras encontraba caminos, no se veía a un Cristal completamente roto. Había una dignidad futbolística que, sin ser suficiente para decir que se jugó un partidazo, sí alcanzaba para pensar que el punto se podía trabajar.
Y luego vino el cierre. El cambio de Juan Cruz González por Joao Cuenca, que de pronto puede tener una explicación física, pero que dejó dudas desde el instante mismo en que se produjo. Juan Cruz estaba fundido, sí. Había recibido además un golpe duro. Pero el ingreso del muchacho, en ese contexto, frente a un Palmeiras que iba a venir con todo y con la tensión del estadio encima, se sintió como una apuesta demasiado exigente para sus 18 años. No por cargarle la derrota ni mucho menos, pero sí porque el circuito de Cristal se resintió y porque termina siendo él quien aparece involucrado en la jugada del penal.
Y sobre el penal, pues volvemos al principio. Para mí no es. Hay contacto, sí, pero el contacto no explica la caída ni la caída explica la convicción con la que el árbitro decide sancionarlo. Me parece una jugada forzada, una de esas que solo se cobran cuando el contexto empuja a cobrarlas. Y más allá de que siempre habrá quien diga que el reglamento, que el roce, que la interpretación, a mí me deja la sensación clarísima de que fue una decisión funcional al momento.
Aun así, incluso después del 2-1, Cristal no se entregó. Eso también vale. Palmeiras bajó revoluciones, quiso enfriar el partido, esconder la pelota, y Cristal se negó a aceptar dócilmente esa derrota. Fue a buscar, con sus armas, con sus limitaciones, con la desesperación que ya imponía el reloj, pero fue. Y en ese tramo final se encontró una jugada clarísima en el cabezazo de Mateo Rodríguez. Pudo ser el empate. Estuvo ahí. No fue una llegada fantasiosa. Fue una llegada real, concreta. De esas que si entran cambian completamente el relato de la noche. No entró. Así es esto también.
Entonces, ¿qué queda? Queda la bronca, claro. Queda la sensación de injusticia por ese penal. Queda la rabia de saber que el punto estuvo cerca. Pero también queda la idea de que este Cristal, si se ordena, si se aplica y si cree un poco más en lo que puede hacer, tiene con qué pelear algunos partidos en la copa. No digo con qué dominar, no digo con qué clasificar caminando, no digo con qué ganarle a cualquiera que se le ponga al frente. Digo con qué pelear. Y en un grupo así, donde ya sabemos que no todos los puntos están destinados a obtenerse , esa sensación es útil.
Sirve además porque el calendario que viene es feroz y porque el equipo necesita sostenerse anímicamente. Después del golpe ante Moquegua, después de toda la crisis, salir del Allianz Parque con esta sensación amarga pero digna no es lo peor que podía pasar. Mucho peor hubiese sido salir goleado, humillado y sin respuesta. Eso no pasó.
Cuando la copa vuelva a Lima, ahí sí cambia todo. El partido con Junior ya no será uno para medir dignidad ni para cosechar autoestima. Será uno para sumar. Y para sumar de verdad. Ahí ya no bastará con competir bien ni con dejar una imagen decorosa. Ahí habrá que hacer un partido inteligente y eficaz. Pero el equipo, por lo menos, llega a ese reto con una certeza mínima: si se ordena y se aplica, puede sostenerse.
No es poca cosa. No resuelve el futuro. No borra lo malo. No maquilla los problemas. Pero en este momento, importa.
En São Paulo, Palmeiras fue mejor. Sí. Pero Cristal se fue con una derrota que molesta más de lo que avergüenza. Y esa diferencia, en el contexto actual, importa.