Sporting Cristal empató en el Alberto Gallardo en un partido que deja sensaciones mezcladas. No por el resultado en sí mismo sino por el contraste brutal entre un primer tiempo muy pobre y un segundo tiempo de reacción clara.
El arranque fue decepcionante. De lo más bajo que se ha visto en meses. Universitario fue superior en todas las líneas y el 0-2 con el que nos fuimos al descanso era justo. El planteamiento inicial de Paulo Autuori simplemente no funcionó. La idea era reeditar la amplitud ofensiva de partidos anteriores, atacar con volumen y profundidad, pero salvo los primeros minutos, el rival nos esperó bien parado, lejos de su arco, y nos anuló.
El mediocampo fue el gran problema. En el primer tiempo Martín Távara no encontró espacios, Yoshimar Yotún intentó pero se perdió, y Gustavo Cazonatti quedó atrapado en una función híbrida que nunca terminó de entenderse: por momentos cubriendo banda derecha porque Juan Cruz González se cerraba como un seis circunstancial. El lateral derecho fue una zona frágil y el primer gol nace precisamente por ese sector. Más allá de la duda de un posible offside previo, la jugada muestra desajuste, desorden y falta de cobertura.
Además, el ritmo físico pasó factura. Veníamos de Paraguay y de Chongoyape, de desgaste acumulado. Y el equipo salió a jugar alto, intenso, contra un rival fresco. La apuesta fue riesgosa y el primer tiempo expuso esa decisión.
Pero si algo hay que reconocer, es la reacción.
Autuori movió el banco fuerte en el entretiempo. Cuatro cambios. Y, aunque algunas decisiones fueron discutidas, el replanteamiento fue correcto. Ingresó Christopher González para dar más presencia y control en el medio. No entró un “seis” clásico como creíamos que pedía el partido sino alguien que ayudó a ordenar la posesión, a recuperar presencia y manejo en el mediocampo. Luis Ibérico aportó experiencia en ataque, Irven Ávila oficio en el área. Y, sobre todo, Leandro Sosa cambió la cara del equipo desde su tarea de devolver orden al lateral derecho. Sosa dio seguridad atrás y profundidad adelante. Descontó con un buen remate, tras genial asistencia de Irven, y tuvo otra ocasión clara. A diferencia de Juan Gonzales, ofreció mayor equilibrio y personalidad. Fue determinante en el impulso anímico.
Universitario, con el 2-0, bajó intensidad y apostó al contragolpe. Cristal empezó a ganar posesión y terreno. El segundo tiempo fue estadística y futbolísticamente nuestro. Pero apareció nuevamente ese viejo problema: cuando tenemos todo a favor —pelota, cancha, envión— a veces tardamos demasiado en resolver. Ayer, sin embargo, la sensación fue distinta. No se sentía como esos partidos donde parecía que se podía jugar tres horas y Cristal no anotaría. En la tarde rimense de ayer se olía el miedo del rival y se sabía que el empate iba a caer. Y cayó. Penal al minuto 89, convertido con serenidad y la certeza que, si nos daban 5 minutos efectivos más, hasta lo ganábamos.
No es un empate para celebrar. En el Alberto Gallardo debemos ganar siempre. Más aún contra un rival directo. Terminan siendo dos puntos perdidos más que uno ganado. Pero no podemos ignorar el contexto: estuvimos golpeados, física y emocionalmente, y el equipo no se quebró. Se unió y reaccionó.
Eso es lo que rescatamos. No la idea de Autuori en el inicio. No el planteamiento que falló. Se rescata la respuesta colectiva, el carácter para no dejarse ir.
Ahora viene lo realmente importante: Copa Libertadores. El desgaste existe y la administración de minutos será clave. Si algo deja este partido es una lección clara: el plantel tiene variantes y hay que usarlas. No todos pueden jugarlo todo. En un empate que no contenta pero que evita un golpe anímico mayor, tras un primer tiempo oscuro y un segundo con luz, quedan dos certezas: La primera que este equipo, cuando reacciona, compite. La segunda que el martes no habrá margen para equivocaciones.