Conscientes del daño, orgullosos del desastre

Después de la humillación en La Paz, no quedan dudas: quienes sostienen este proyecto no solo son incapaces. Son dañinos. Y lo saben.

Una derrota siempre duele. Pero la de ayer duele más porque no sorprendió a nadie. El 3-0 ante Bolívar fue la consecuencia lógica de un equipo desorientado, de un cuerpo técnico sin capacidad y de una dirigencia felona. Hoy nadie cae en el engaño, no ha sido un partido atípico. Ha sido la confirmación de que así, con estos nombres y este rumbo, no se puede competir.

Si tuviera algo de sangre en la cara, Guillermo Farré no debería seguir un minuto más en Sporting Cristal. Su única acción decente hoy es ir a La Florida a recoger su cepillo de dientes y no volver más. Y decimos esto no sólo por el resultado —aunque el resultado es terrible porque al final resulta que la sacamos barata al perder por tres goles un partido que, en justicia, debimos perderlo por siete— sino porque ya es evidente que no tiene nada para ofrecer. En ocho meses en el club sólo ha presentado un equipo sin estructura, sin reacción, sin liderazgo. Su proyecto no se sostiene ni desde el juego ni desde la gestión. No hay señales de mejora, solo síntomas de un proyecto en metástasis.

Pero lo más grave es que todo esto es que dentro de La Florida lo saben. Lo saben hace mucho tiempo. Lo sabe el mismo Farré que debe agradecer al cielo que aún tenga trabajo siendo tan inepto como es. Lo sabe la hinchada que lo viene gritando hace semanas. Y ayer lo confirmó, por fin, Julio César Uribe al anunciar que hoy jueves se reunirán para “tomar decisiones”. Pues que las tomen. Y que no sean cosméticas. Hoy jueves tienen que haber renuncias. Alguien tiene que irse de Sporting Cristal. Y si no es la de Farré, entonces deben ser la de Gustavo Zevallos y la del propio Uribe.

Zevallos fue traído para dar la impresión de que las decisiones deportivas estaban en manos de alguien que sabía. Pero no tomó ninguna. Se limitó a bendecir las decisiones que tomaron otros. Hoy se tiene que comer la impericia ajena y dar la impresión de que sus 30 años de experiencia en gestión deportiva solo le valieron para convertirse en el soporte aparente de Joel Raffo y compañía.

Uribe, en cambio, fue traído para otra cosa: para distraer a la hinchada. Porque no hay nada como la sonrisa de un ídolo para hacerle creer a la gente que el enemigo no está en casa. Pero esa imagen se acaba hoy. El cariño del hincha se sostiene en el amor a la institución. Y el amor a la institución es incompatible si es que uno se queda ahí dentro – sin nada que cambie – haciendo de comparsa de quienes están destruyendo aquello que se dice amar.

Joel Raffo está mudo y escondido. Y no lo está porque no tenga nada que decir. Está en silencio porque sabe exactamente lo que está haciendo. Él y su gente, para mí y muchos hinchas rimenses sólo son una camarilla de miserables, son plenamente conscientes de que están destruyendo al club. Y ya no cabe duda. Eso es precisamente lo que buscan. Este presente demuestra que no solo son ineptos en lo que dicen que hacen, sino también pérfidos, porque lo siguen haciendo aun sabiendo que lo hacen mal. Conscientemente.

Para muestra, un botón. Los hermanos Cabellos —que antes de venir a Cristal podrían ser considerados quizás activos valiosos— deben estar lamentando el momento en que aceptaron entrar al entorno de AGREF y terminar llegando a este Cristal. Antes valían diez, digamos. Hoy, después de formar parte de este experimento de laboratorio con Farré al mando, valen menos y mientras Innova siga tomando las decisiones que han tomado y nos han traído hasta acá, valdrán menos aún. Pobres ellos que confiaron la potencialidad de su carrera a un grupo de inútiles. Pero bien merecido para los de Innova. Porque alguna forma de justicia debe existir para los que, con su incapacidad, dañan a la gente.

Hoy no se trata solo de pedir renuncias. Se trata de decir basta. Porque respetar la historia de Sporting Cristal ya no es solo una cuestión de memoria: es un acto de defensa ante quienes, con nombre propio y con pleno conocimiento de causa, están llevándonos a la ruina.

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