No hay épica, ni drama, ni angustia. Este fue un triunfo obligatorio. De esos que no se celebran con los puños apretados sino con un suspiro de “ya era hora”. Sporting Cristal le ganó con justicia, claridad y distancia a Alianza Universidad, el equipo más débil del campeonato, y empezó el Clausura cumpliendo el mínimo indispensable.
No hay mucho que desmenuzar desde el fútbol: Cristal controló el partido, dominó, golpeó cuando tenía que golpear y no sufrió en ningún momento. El rival nunca fue amenaza real. Y por eso mismo, tampoco este partido debe tomarse como medida real de avance. El marcador abultado no debe confundirnos: fue más un reflejo de la precariedad del rival que de una versión arrolladora de Cristal.
Pero incluso en partidos así hay cosas que sumar. Martín Távara —tan discutido, tan resistido— se mandó un golazo que no puede pasarse por alto: la clavó desde fuera del área con la zurda que todos sabemos que tiene, aunque pocas veces aparece. Y es justo decirlo. También marcó el partido el ingreso de los muchachos hacia el final con el debut de Mateo Rodríguez. Pocos minutos, sí, pero valiosos. No tanto por lo que hicieron, sino por lo que simbolizan: el club sigue generando, sigue sacando. Y mientras no haya fichajes, mientras no haya refuerzos, serán ellos los que tendrán que cargar con la camiseta.
El Clausura arrancó con tres puntos. Y si este equipo aún quiere tener algo por que pelear este año, no puede regalar ni uno. Se hizo lo que tocaba y se hizo bien. No se pide más, pero tampoco se engaña nadie: esto recién empieza.
El problema, claro, no está solo en la cancha. Como cada mitad de año, el entorno institucional vuelve a incendiar la pradera. Porque así como llegan los partidos, también llegan las conferencias absurdas y los shows de media tarde. Esta vez, al menos, la pelota respondió como debía. Ojalá el resto también lo haga.