Sporting Cristal le ganó 2-1 a ADT en el Estadio Alberto Gallardo. Y sí, lo ganó. Pero, aunque suene contradictorio, lo que vimos no fue un triunfo, fue una exhalación. Una liberación tardía. Un baldazo de frustración disfrazado de alegría. Ganamos, pero otra vez no jugamos bien. Y eso, para este Cristal que todavía sangra por dentro, sigue oliendo a derrota.
El partido empezó con un golpe. Al minuto 9 ya estábamos perdiendo. ADT aprovechó una defensa todavía dormida y nos vacunó cuando ni siquiera habíamos salido del vestuario emocional. Y aunque antes del gol habíamos tenido un par de claras, el tanto visitante nos nubló por completo. Cristal se perdió, se quebró y no volvió a encontrar la brújula sino hasta más allá de la mitad del primer tiempo cuando por inercia, empuje y amor propio, empezó poco a poco a arrinconar al rival pero sin claridad, sin ideas. El empate llegó con fortuna. La misma fortuna que nos ha sostenido varias veces esta temporada y que, gracias a Dios, aún no nos abandona. Martín Távara mandó un centro largo que no encontró cabeza pero sí red. Nadie la tocó. Todos la miraron. La pelota entró. 1-1. Y nada más.
El segundo tiempo fue un bostezo largo. ADT nos cedió cancha y balón. Se paró a matarnos de contra. Alguna iba a tener (alguna tuvo). El drama fue que, con todo a favor, Cristal no supo qué hacer. Tuvo la posesión, sí, pero estéril. Lo dicen las estadísticas: en todo el complemento solo tuvimos dos remates al arco: uno, un tiro libre sin peligro de Távara. El otro, el gol agónico de Maxloren Castro. Otro remate de fuera del área en la última jugada del partido. Gol. Victoria.
Claramente esto no fue una remontada épica, fue un triunfo accidental. No hubo juego, no hubo claridad, no hubo mejora. Hubo ganas, sí. Hubo pundonor en algunos. Pero también rendimientos discretos, lentitud en la elaboración, y una desoladora falta de ideas.
Cristal ganó. Pero con este tipo de victorias todavía no se construye futuro. Apenas se gana tiempo.