Hay victorias que se celebran por los tres puntos y otras que se disfrutan por lo que representan. La de Sporting Cristal ante Alianza Lima, con ese gol agónico de Santiago González en el último minuto, pertenece a las dos categorías. Porque Cristal ganó 3-2, porque derrotó a un rival directo y porque lo hizo en un partido que, más allá de los errores que casi nos costaron caro, nos tuvo como protagonistas, el equipo que más hizo por ganarlo.
Y eso hay que decirlo desde el comienzo: Cristal ganó bien.
Desde el primer minuto salió a buscar el partido. Alianza, en cambio, demoró en acomodarse y aprovechamos ese desconcierto para arrinconarlos. El gol de Luis Iberico, a los cinco minutos, fue la consecuencia de ese arranque. Una jugada preparada en un córner, el pivoteo de Rafael Lútiger y el cabezazo de Iberico, completamente libre de marca, para abrir el marcador.
Cristal encontró espacios, recuperó rápido la pelota y tuvo un mediocampo que supo aprovechar las imprecisiones de Alianza. Santiago González estaba especialmente activo y el equipo tuvo oportunidades para ampliar la ventaja. De hecho, pudo haber resuelto buena parte del partido antes de que llegara el primer golpe aliancista.
Pero no lo hizo. Y cuando perdonas tanto, el fútbol suele pasarte la factura.
El empate de Alianza nació de errores defensivos celestes. Leandro Sosa no llegó a tiempo para impedir el centro, el rechazo de Lútiger quedó corto… y la pelota terminó en los pies de Jairo Vélez, quien fusiló a Diego Enríquez. No fue una gran jugada del rival. Fue una oportunidad que Cristal le regaló.
El gol cambió el ánimo del partido. Alianza encontró tranquilidad para ordenarse y Cristal acusó el golpe. El equipo perdió claridad, dejó de aprovechar los espacios y permitió que el rival empezara a manejar el encuentro. La remontada llegó a los 42 minutos, otra vez por una desatención: Cristiano da Silva y Agustín Álvarez Wallace no se entendieron, perdieron la pelota en una zona peligrosa… y Alianza encontró el camino para que Erick Castillo anotara el segundo.
En veinte minutos, Cristal había pasado de dominar a ir perdiendo.
Y sin embargo, antes de irse al descanso apareció Hernán Barcos. Un centro de Da Silva y un cabezazo de delantero experimentado, de esos que no necesitan demasiada explicación, devolvieron la igualdad y evitaron que el equipo se fuera al camarín con la remontada rival encima.
Ese empate fue importante. No solamente por el marcador sino porque le devolvió al equipo algo de tranquilidad para afrontar el segundo tiempo.
Alianza tuvo que modificar su equipo por las lesiones de Vélez y Castillo. Y esos cambios le redujeron considerablemente las posibilidades ofensivas. Los ingresos de Kevin Quevedo y Jesús Castillo no reemplazaron lo que ofrecían los jugadores que salieron. El segundo tiempo fue más trabado, más friccionado pero Cristal empezó a encontrar mejores condiciones para manejar la pelota y buscar el arco rival.
Ahí hay una observación para Roberto Mosquera. El planteamiento inicial funcionó, pero el partido había cambiado. Alianza ya no tenía las mismas armas en ataque y el mediocampo celeste necesitaba otras características. La presencia de Martín Távara pudo haber llegado antes. Los cambios que hizo fueron los correctos pero tardaron en llegar. Y en un partido tan disputado, esos minutos también cuentan.
El encuentro parecía encaminarse a un empate cuando llegó la última jugada. Garcés intentó custodiar una pelota confiando en que podía conseguir una falta… pero Juan Manuel Cuesta no compró el engaño, recuperó la posesión y permitió que Cristal armara el último ataque. El centro largo encontró a Santiago González, quien cedió para Michael Hoyos. El remate fue bloqueado y la pelota quedó para Yoshimar Yotún, que tuvo el triunfo en sus pies pero no consiguió definir.
Por fortuna, Santi estaba ahí.
El argentino llegó con toda la furia guardada por los goles errados en el primer tiempo, por la reciente derrota en Cusco, por todas aquellas tardes que debieron ser y no fueron. Encontró la pelota y la mandó al arco. No hubo delicadeza ni tiempo para pensar. Había que rematar y lo hizo. Al frente, tres aliancistas esperaban metidos en su arco y muertos de miedo que la pelota no entrara. Pero entró. Y con ella se desató la fiesta en el Alberto Gallardo.
Porque ese estadio estuvo lleno a reventar. Porque había una hinchada celeste que necesitaba una alegría así. Porque ganarle a Alianza siempre tiene un sabor especial pero hacerlo de esta manera, en el último minuto y con todo el pueblo cervecero empujando, tiene algo que difícilmente se puede explicar con una estadística.
Este Cristal todavía tiene cosas por corregir. Los errores defensivos fueron demasiado evidentes y no podemos acostumbrarnos a concederle tantas facilidades al rival. Pero hay algo que merece ser reconocido: este equipo tiene ganas de trascender. Tiene una energía, una convicción y un ánimo que durante mucho tiempo parecieron haberse extraviado en el Rímac.
No alcanza solamente con correr, luchar o poner el corazón. Cristal necesita jugar mejor, defender mejor y tomar mejores decisiones. Pero tampoco es poca cosa recuperar esas ganas de competir hasta el último segundo, de no resignarse, de ir a buscar el partido cuando parece que ya no queda tiempo.
El jueves, Sporting Cristal no solamente le ganó 3-2 a Alianza Lima. Nos regaló una de esas tardes que son consecuencia de 70 años de grandeza que pesan mucho más que 125 de fracasos y mediocridad. Y cuando Santiago González hizo estallar el Gallardo todos entendimos que también nos hacía falta esa furia.
La furia celeste apareció de vuelta, una tarde de jueves, en el Alberto Gallardo. Ojalá haya llegado para quedarse.