Sporting Cristal empató 1-1 con Universitario en el Monumental y volvió a dejar puntos en un partido que necesitaba ganar. Después de la derrota en Arequipa, este era el segundo partido ante un rival directo. Nuevamente no se pudo. A estas alturas, eso no es un detalle. Es el problema.
Cristal no tiene margen para administrar este torneo. Terminó el Apertura demasiado lejos y necesita ganar el Clausura para meterse en la pelea por algo importante. Quedar segundo es igual que quedar séptimo: no sirve. Empatar ante un rival directo que está muy lejos de sus mejores versiones complica seriamente el escenario. Y lo peor es que este empate era evitable.
Porque esto no es nuevo. Es la tercera vez que Roberto Mosquera dirige a Sporting Cristal, ya sabemos exactamente cuáles son sus virtudes y cuáles sus defectos. Y estos defectos aparecieron hoy con una claridad desalentadora: ante la perspectiva de un partido difícil, Mosquera se vuelve a «creer» el fútbol. Siente que tiene una revelación, que ve algo que los demás no ven, y desmonta lo que funciona para construir algo que en su cabeza funciona mejor. Usualmente sale mal. Hoy salió mal.
Cristal venía jugando a algo. No era un equipo extraordinario, pero tenía un libreto. Con todas sus limitaciones, ese libreto le permitía competir. Y hay que ser muy claro sobre las limitaciones: Cristal es un desierto futbolístico este 2026. No tenemos abundancia de recursos ni repertorio amplio. Tenemos a las justas un solo sistema que sale medianamente bien y a través del cual algo podemos lograr. Mosquera ha llegado a ese desierto y, en vez de administrar con criterio, se va detrás del primer espejismo que ve.
El resultado fue un primer tiempo en el que Cristal prácticamente no existió ofensivamente. Gabriel Santana volvió a ser titular y volvió a demostrar por qué su presencia genera dudas. Llevamos ocho meses viendo lo que Santana da. No es un misterio. Cuando el equipo necesita generar y asociarse, ponerlo de titular es restarle un jugador al ataque. Con su ingreso como titular, la única salida que le quedaba a Cristal era el pelotazo de Yoshimar Yotún o de Martín Távara para buscar a Santiago González quien, rodeado de cinco defensas a cuarenta metros del arco, tenía que ver si podía hacer algo.
Luego está el cambio a línea de tres. Universitario venía en uno de sus momentos más bajos de los últimos años, no es un equipo que pase por encima de nadie, no es un equipo que tenga una intensidad de ataque que nos obligue a modificar la estructura defensiva. No había ningún motivo para meter a Leonardo Díaz y reforzar atrás. Ninguno. Pero Mosquera ve más allá de lo evidente. Y lo que haya visto terminó casi costándonos el partido: Díaz trotando mientras Gianluca Lapadula le ganaba en carrera y lo anticipaba para cabecear y meter al arco una pelota que venía sin velocidad ni efecto. No hubo concentración. No hubo urgencia.
Lo irritante es que la solución a este mal juego cervecerox era conocida desde antes del partido. Bastó que Mosquera regresara al sistema habitual para que Cristal empezara a jugar. Con tres jugadores en ataque, el mediocampo recuperó referencias y el equipo encontró espacios. Llegó el empate de penal y Mosquera lo festejó con una emoción que no correspondía, porque lo que acababa de ocurrir no era una conquista sino lo mínimo para no perder un partido que él mismo había complicado.
Cuatro fechas, siete puntos. Dos victorias ante rivales menores, dos resultados inútiles ante equipos a los que había que ganar. El único camino que le queda a Cristal es ganar todos los partidos que en teoría son ganables y evitar seguir resignando puntos ante los rivales directos esperando que algo cambie. No es un plan. Es la última esperanza. Y para eso, Mosquera necesita entender algo que parece no querer entender: Cristal no necesita que él descubra el fútbol cada fin de semana. Necesita que deje de desmontar lo poco que funciona y haga jugar al equipo que ya tiene.