Sporting Cristal volvió a tocar fondo. Perdió 3-1 ante F.C. Cajamarca en un partido vergonzoso, no solo por el resultado sino por la forma. Porque esto no fue una derrota accidental ni un partido condicionado por detalles puntuales. Fue una derrota merecida, clara y hasta corta para lo que se vio en el segundo tiempo. Si Cajamarca hubiera tenido un poco más de calidad o tranquilidad para resolver, el resultado fácilmente pudo terminar en goleada.
Lo que más golpea es la sensación de absoluta entrega. No fue solamente que el equipo jugó mal, fue que pareció no entender dónde estaba parado. Cristal encontró el primer gol gracias a un remate lejano de Yoshimar Yotún, una jugada fortuita, peregrina, que no alcanza ni para la sonrisa después de todo lo que vino. Y aun así, con el marcador favorable para administrar el partido, con un rival limitado enfrente y con todas las condiciones para ordenar el encuentro desde la experiencia, el equipo decidió hacer exactamente lo contrario.
El segundo tiempo fue deplorable. Cristal salió a jugar como si el partido ya estuviera resuelto. Caminó la cancha, perdió divididas, regaló espacios y dejó crecer a un rival que, honestamente, no parecía tener demasiado. Pero cuando un equipo entra relajado, soberbio o desconectado, hasta el rival más discreto termina pareciendo una máquina. FC Cajamarca entendió eso rápido: apretó un poco, empujó con lo que tenía y encontró al frente a un Sporting Cristal endeble, confundido y sin la menor reacción anímica.
Ahí aparece algo mucho más preocupante que el resultado. Da la impresión de que dentro del plantel se ha instalado una idea peligrosísima: creer que la Copa Libertadores justifica todo lo demás. Como si competir bien internacionalmente les hubiera dado permiso para abandonar el torneo local. Como si perder puntos todas las semanas no tuviera consecuencias. Y eso se transmite en la cancha. Se ve en la forma en que el equipo administra los partidos, en la poca tensión competitiva, en la manera en que algunos jugadores parecen asumir estos encuentros como un trámite indigno de su categoría. Cristal juega el torneo local con una displicencia alarmante. Y lo peor es que esto no es nuevo. Ya pasó contra Atlético Grau, pasó contra Comerciantes Unidos, pasó en varios partidos donde el discurso terminó siendo siempre el mismo. El problema es que la tabla no perdona relatos.
Y tampoco se salva nadie. Lo de Gabriel Santana fue indefendible. Lo de Irven Ávila, bajísimo. Leandro Sosa y Luis Abram tuvieron una tarde terrible. Los brasileños jugaron uno de sus peores partidos del año. Incluso jugadores que venían sosteniendo cierto nivel quedaron atrapados en el desastre colectivo. Apenas Diego Enríquez evitó que el marcador fuera peor y Maxloren Castro, aún equivocándose, mostró algo de rebeldía. Lo demás fue apatía, desorden y una preocupante falta de carácter.
Pero tampoco se trata solo de los jugadores. Zé Ricardo no sabe cómo dejar de formar parte del problema. Porque si mantiene en la cancha a jugadores con rendimientos insostenibles, si no corrige nombres ni decisiones evidentes, entonces la responsabilidad también le alcanza. No basta con poner cara de fastidio ante cámaras. Las decisiones también comunican.
Mientras tanto, la dirigencia sigue escondida, esperando obtener algún resultado en Cartagena de Indias para recién salir a hablar. Ahora, previsiblemente, empezará nuevamente el humo de los refuerzos. Los nombres lanzados a periodistas amigos. Las filtraciones. Las supuestas negociaciones. El mismo circo de todos los años para distraer a la gente para que, al final, no llegue nadie. Ya pasó demasiadas veces como para seguir cayendo. Desde el 2021 la historia es exactamente la misma: promesas, humo y planteles mal armados. Pero les conviene que la gente empiece a hablar de refuerzos para no tener que hablar de cómo han reducido a Sporting Cristal a este equipo vergonzante que camina la cancha.
Porque no nos confundamos: cuatro o cinco buenos partidos en Copa Libertadores no salvan una temporada desastrosa. En algún momento la Copa va a terminar. Y cuando eso pase, va a quedar el torneo local. Va a quedar la tabla. Va a quedar la realidad. Hoy Cristal está más cerca de la zona baja que de cualquier pelea importante. Con quince partidos jugados, a dos fechas del final del Apertura, el equipo merodea posiciones vergonzosas para nuestro escudo y nuestra camiseta. Y ojo que así empiezan siempre las temporadas que terminan mal: creyendo que la fatalidad nunca nos va a suceder a nosotros.
Sporting Cristal hoy es un equipo confundido, dirigido por una dirigencia confundida y sostenido por decisiones que hace años vienen destruyendo todo lo que este club representaba. Pero hay que estar tranquilos, ¿no? Total, el miércoles jugamos por Copa Libertadores. Seguro que eso lo arregla todo.