Sporting Cristal volvió a perder, 1-0 en Cutervo ante Comerciantes Unidos. Segunda derrota consecutiva, tercera en los últimos cuatro partidos. Y aunque en la previa todos sabíamos que este era, probablemente, el partido «sacrificable» dentro del calendario, eso no lo hace menos incómodo. Porque una cosa es anticipar la caída y otra muy distinta es acostumbrarse a ella. El contexto explica, pero no limpia.
Cristal llegó a este partido con un calendario absurdo, con un viaje pesado y con la cabeza claramente puesta en lo que viene: Junior por Copa Libertadores. La decisión de rotar, de administrar cargas y de no poner lo mejor disponible era lógica. Era, incluso, esperable. Pero lo que vuelve a aparecer —y eso sí es preocupante— es la forma en la que se pierde.
Porque el equipo, aun con suplentes, fue más que su rival. Tomó la pelota, intentó asumir el control y terminó jugando gran parte del partido en campo contrario. Pero otra vez chocó contra el mismo problema de siempre: una ofensiva que no tiene profundidad ni claridad. Se remata, sí. Se intenta, también. Pero no se concreta. Y eso no es nuevo. Es una constante. El dato más duro del partido es ese: en todo el segundo tiempo, Cristal no tuvo un solo remate al arco. Ni uno. Hubo aproximaciones, disparos desviados, centros, intentos, pero ninguna situación realmente clara. Es la imagen perfecta de este equipo: una tijera que marca, pero no corta.
Y ahí el problema deja de ser circunstancial. Porque ya no estamos hablando solo del desgaste, del calendario o de la rotación. Estamos hablando de una incapacidad reiterada para traducir dominio en peligro real. De un equipo que puede tener la pelota pero no sabe qué hacer con ella cuando el rival se cierra. De decisiones mal tomadas en los últimos metros y de un funcionamiento ofensivo que no termina de aparecer.
También hay responsabilidad desde el banco. La conformación del equipo inicial fue, como mínimo, discutible. La inclusión de jugadores con poco ritmo y en posiciones que no necesariamente dominan terminó desordenando al equipo en el arranque. Ese desajuste inicial le costó caro: un gol en contra y un partido que, desde ese momento, se jugó cuesta arriba. Luego hubo reacción, sí, pero nunca alcanzó para corregir el daño. Y después, cuando había que tomar decisiones para destrabar el partido, el equipo no supo leer el momento: se jugó corto cuando había que centrar, se apuró cuando había que pensar. No es un problema de nombres ni de jerarquía. Es un problema de criterio.
Todo esto ocurre en un contexto que ya empieza a generar fastidio acumulado. Porque el calendario no solo es exigente, es mal gestionado. Y lo más llamativo es el silencio del club. No hay reclamos, no hay postura, no hay defensa institucional frente a una seguidilla que claramente condiciona el rendimiento. Se acepta. Se asume. Y esa comodidad, a la larga, también es una decisión.
El problema de fondo es ese: la idea de que «se está priorizando la Copa Libertadores» se ha convertido en un refugio demasiado cómodo. Para no cuestionar el rendimiento físico, para no revisar las decisiones del banco, para no hablar de un plantel que tiene limitaciones evidentes incluso para competir en Copa. El argumento funciona mientras la Copa responda. Pero si el martes no se gana, todas las críticas que hoy se postergan van a llegar juntas, sin filtro y sin excusa disponible.
Porque el Apertura ya está perdido, pero eso no justifica competir así. Porque los puntos que hoy se dejan no solo afectan la tabla inmediata, también pueden pesar en el acumulado más adelante. Y porque Sporting Cristal no puede permitirse naturalizar este tipo de actuaciones, por más contexto que exista.
Zé Ricardo tiene poco tiempo y mucho por resolver. Mostró cosas interesantes en Copa, sí, pero estos partidos también cuentan. Y también hablan. El martes dirá si todo esto tenía un plan detrás. O si simplemente era la excusa más a mano.