Quemando el capital

Sporting Cristal terminó hoy su entrenamiento en el estadio Alberto Gallardo y, a la salida, un grupo de hinchas abordó los vehículos en los que se retiraban integrantes del primer equipo y miembros de la administración. Entre ellos estaba Julio César Uribe, quien terminó siendo agredido.

No hay mucho que discutir sobre eso. La violencia contra una persona es injustificable y una agresión física nunca es una forma válida de expresar el rechazo a una gestión, por más cuestionable que esta sea. Eso tiene que quedar claro desde el comienzo.

Pero el análisis no puede terminar ahí.

Sería demasiado sencillo condenar el golpe, emitir un comunicado, hablar de intolerancia y cerrar el asunto. Eso permitiría que todos los responsables de haber llevado a Sporting Cristal hasta este punto se laven las manos y conviertan un síntoma en el problema. Y el problema es mucho más grande.

Durante años se ha instalado alrededor de Sporting Cristal una idea absurda: que nuestra hinchada es una versión light de las demás. Que acá se puede hacer lo que en otros clubes sería impensable porque los hinchas no reaccionarían de la misma manera. Que la pasión por Cristal tiene un límite distinto, que la gente soportará más, que la institución puede ser tratada de cualquier manera porque no pasa nada.

No funciona así.

Sporting Cristal es, para los que no se han dado cuenta, un fenómeno social de masas. Tiene una hinchada transversal, presente en distintos sectores sociales y económicos y a lo largo de todo el país. Como cualquier sociedad, esa hinchada expresa sus frustraciones de distintas maneras. Y sería ingenuo pensar que porque somos Sporting Cristal vamos a ser ajenos a los problemas que atraviesan al resto de nuestra sociedad.

Por eso quienes conducen una institución como esta tienen que ser mucho más cuidadosos con el vínculo que construyen con su gente. Y eso es algo que Innova Sports viene descuidando desde que llegó. Se ha jugado con la importancia que tiene el club para sus hinchas. Se ha reducido la institución a una marca. Se ha tomado distancia de valores que históricamente fueron parte de nuestra identidad. Y se ha tratado la relación con la hinchada como si fuera una variable secundaria, como si la gente pudiera soportar indefinidamente decisiones que contradicen aquello que durante décadas hizo especial a este club.

Hasta que la relación se rompe.

Lo ocurrido hoy es una consecuencia extrema y deplorable de ese deterioro. No lo justifica, claro, pero tampoco es que esto haya aparecido de la nada.

Y es que, además, hay algo particularmente triste en lo ocurrido. Uribe llegó a tener algo que no se compra con un cargo, una oficina ni un contrato: el cariño de la gente. Su principal capital dentro de Sporting Cristal no era su trayectoria como dirigente, que no existía. Era lo que había sido para nosotros como futbolista. Y ese cariño se tenía que administrar de una única manera: cuidándolo.

Pero él hizo exactamente lo contrario.

Durante este último año se convirtió en portavoz y defensor de una administración que ya había perdido buena parte de la confianza de la hinchada. Se prestó para discursos que muchos sentimos como intentos de justificar lo injustificable. Se enfrentó verbalmente a quienes cuestionaban decisiones del club y, en lugar de entender que su autoridad provenía del respeto que alguna vez le tuvo esa gente, actuó como si ese respeto fuera permanente e incondicional.

No lo era.

El cariño de la gente no es una patente de corso.

Nadie puede decir que Uribe se buscó una agresión. Sería absurdo decirlo. Pero sí podemos decir que él desperdició totalmente el capital que tenía. Que en los últimos meses hizo muy poco para proteger aquello que construyó durante décadas hasta ser considerado ídolo. Y que hoy existe una realidad imposible de ignorar: una parte importante de la hinchada dejó de verlo como una figura de Sporting Cristal para verlo como parte del problema.

Lo mismo está ocurriendo con Roberto Mosquera. Y ahí aparece, quizás, una de las decisiones más cuestionables de Innova: utilizar a los ídolos como escudo. No parece que los estén trayendo para protegerlos. Parece que los están poniendo adelante para que reciban los golpes que deberían recibir quienes toman las decisiones. Los convierten en la cara de una gestión sin credibilidad y, en el camino, queman a las personas que deberían representar los vínculos más fuertes entre el club y su hinchada.

Uribe lo quemó todo. Mosquera, partido a partido, está quemando su propio legado. Y mientras tanto, Innova sigue detrás.

Por eso lo ocurrido hoy debería preocuparnos a todos. No porque haya que elegir entre condenar la agresión o cuestionar a Uribe. Se pueden y se deben hacer ambas cosas. Condenamos la violencia porque no puede ser el camino. Y cuestionamos a Uribe porque sus decisiones y su comportamiento durante este último año han contribuido a deteriorar una relación que ya estaba rota.

Lo que pasó hoy no es motivo de orgullo para nadie. Es una señal de hasta dónde ha llegado la ruptura.

Y quizá esa sea la parte más triste de todo esto: que Innova Sports esté convirtiendo a los ídolos cerveceros en parte del conflicto, cuando deberían ser ellos quienes ayuden a reconstruir el vínculo entre el club y su gente. Los ídolos no deberían ser escudos humanos, deberían ser patrimonio de la institución. Pero, a fin de cuentas, siempre son ellos los que eligen dónde quieren estar. Si del lado de lo que significa Sporting Cristal o del lado del problema.

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