Lo de hoy no fue una derrota. Fue una exposición.
Una exposición brutal de lo que es hoy Sporting Cristal: un club sin conducción, un equipo sin respuestas y un plantel que, puesto en contexto, termina reflejando exactamente el nivel de quienes lo dirigen.
Cristal perdió 1-2 ante C.D. Moquegua en el Alberto Gallardo y, hay que decirlo con toda claridad, esto no fue sólo una derrota. Esto fue otra cosa.
Fue un partido patético, en el sentido más completo de la palabra: triste, absurdo, por momentos hasta ridículo. Porque perder con un equipo como Moquegua no debería ser posible en condiciones normales. No es un rival que te someta, no es un equipo que te arrincone, no es de esos que te pasan por encima y te obligan a reconocer superioridad. Es un equipo limitado, previsible, que juega a lo que puede. Once tipos ordenados, defendiendo cerca de su área, esperando. Lo básico. Y aun así fue suficiente.
¿Y sabes qué es lo más grave? Que en ningún momento dio la sensación de que Cristal supiera cómo romper eso. Cristal tuvo más del 70% de posesión durante todo el encuentro. En el segundo tiempo llegó al 84%. ¿Y para qué sirvió? Para nada. Para inflar una estadística inútil. Tres remates al arco en todo el partido. Uno fue el gol de penal, otro un tiro de Ian Wisdom que cualquiera tapaba sin esfuerzo y una más de Irven Ávila en el primer tiempo. El equipo llenaba el área, sí, pero como quien junta gente sin saber para qué. Centros pésimos y sin sentido, rebotes que nadie tomaba, jugadas previsibles, cero profundidad. No hay un nueve que resuelva, no hay una estructura que genere ventajas, no hay nadie que asuma.
Contra Moquegua.
En el Gallardo.
Esto claramente ya no es un problema de ejecución. Es un problema de idea. O peor: de ausencia total de idea. Pero lo verdaderamente jodido no fue eso. Fue la actitud. No hubo rebeldía. No hubo incomodidad. No hubo un solo jugador que dijera «denme la pelota que esto no se puede ir así». Nada. Profesionales caminando el partido, retrocediendo el balón como si estuviéramos ganando, como si no estuviera pasando nada. Y cuando llegas a ese punto, ya no estás hablando de fútbol. Estás hablando de un equipo que no sólo dejó de competir sino que ya no le importa hacerlo.
Ahora, tampoco hay que engañarse. Esto no empieza hoy. Esto viene de mucho más arriba y más atrás. Viene, por ejemplo, de una semana donde lo institucional ha sido paupérrimo, donde las decisiones no transmiten rumbo, donde la sensación es que nadie está realmente haciéndose cargo del momento.
Cristal venía de dos semanas sin competencia. Dos semanas en las que no hubo técnico porque Autuori renunció el 25 de marzo y recién el 2 de abril anunciaron un reemplazo que llegará todavía mañana, cuatro días antes del partido debut por Copa Libertadores. Dos semanas en las que se dejó ir jugadores importantes a la selección para jugar partidos intrascendentes mientras otros equipos que sí toman en serio la competencia cuidaron a sus planteles.
Y en ese tiempo muerto, dejaron el equipo al mando de Iván Bulos.
Lo de Bulos ya roza lo tragicómico. Un ex jugador que lo mejor que hizo en su carrera fue retirarse para no alargar un rendimiento insignificante. Un pobre tipo que quiere ser entrenador pero que simplemente no sirve para eso. Sus experiencias previas en menores ya fueron, de por sí, desalentadoras. Ha estado con Paulo Autuori y antes con Guillermo Farré claramente sin aprender nada. No solo es mal técnico: ni siquiera sabe imitar, ni te digo aprender. No es un tema de mala tarde o de decisiones puntuales. Es que simplemente no está preparado para esto. No lo estuvo antes y no lo está ahora. Pero el problema no es él. El problema es quién lo pone. Porque darle un equipo profesional a alguien que no tiene la capacidad es exactamente eso: irresponsabilidad dirigencial.
Entonces, este partido fue un reflejo perfecto de esa cadena de decisiones.
Y, como cereza del pastel, cuando el partido ya se perdía, cuando los jugadores no daban respuesta, cuando el tiempo se agotaba, lo que hizo Bulos fue lanzar a los juveniles a la cancha. Hizo debutar a Yamir Uculmana y a Josemaría Mellán, metió a Gerson Castillo y a Mateo Rodríguez. No lo hizo como apuesta, no lo hizo por convicción. Lo hizo como coartada, como salvavidas discursivo. Lo hizo para disfrazar su incapacidad (la de Bulos) con su inexperiencia (la de los muchachos). Se imaginó declarando «perdí, pero jugué con juveniles».
Cobarde.
Un club no se desarma de un día para otro. Se va desarmando cuando deja de tener conducción.
Y hoy eso se nota en la cancha. Se nota en jugadores que no terminan de entender a qué están jugando, en movimientos que no tienen coherencia, en ataques que se diluyen antes de convertirse en peligro. Pero sobre todo se nota en la actitud. Cristal hoy no solo jugó mal. Cristal se mostró indiferente. Y eso sí es peligroso. Porque el hincha puede tolerar errores, puede tolerar derrotas, puede incluso tolerar malos momentos si siente que hay una idea, un intento, una intención de salir de ahí. Pero lo que no se tolera es esta sensación de vacío, de equipo sin alma, de jugadores que están pero no están.
Mientras tanto, arriba siguen actuando como si nada pasara. Como si esto no fuera consecuencia directa de sus decisiones. Como si el club no se estuviera cayendo en cámara lenta frente a todos. Porque ese es el punto de fondo. Cristal no está en crisis por un partido. Está en crisis porque no tiene dirección. Porque quienes toman decisiones no tienen ni la capacidad ni el criterio para sostener un proyecto serio. Porque el plantel está mal armado, porque no hay variantes donde se necesitan, porque no hay un nueve confiable, porque todo está desequilibrado desde el origen.
Y eso no lo arregla ningún técnico.
Ahora llegará Zé Ricardo, un brasileño al que sacan de las penumbras y que va a tomar el equipo cuatro días antes de un partido de Libertadores. A él le espera un equipo golpeado y un calendario absurdo —cinco partidos en 13 días después del encuentro con Palmeiras, y luego dos partidos en tres días— sin tiempo real de trabajo. Veremos qué puede hacer. Pero pretender que ahí está la solución es, otra vez, no entender el problema. Sobre todo porque lo que precede a su llegada no son sus logros —casi inexistentes— sino el pedido de fe, de creer en las capacidades de alguien que no ha ganado nada y que, lo más probable, es que haya sido contratado porque se acomodó a ser el nuevo títere, como lo fue Farré, como parece que son Gustavo Zevallos y Julio César Uribe. Personas a las que les pagan para que se coman el marrón y dejen limpio a Joel Raffo y compañía.
Estamos recién en abril y ya se hizo evidente que el proyecto 2026 es un fracaso. Se hace claro y evidente que Autuori vio lo que venía, entendió que era insostenible y decidió irse. Razón no le ha faltado.
En fin.
Hace unos años, perder de esta manera habría sido un escándalo. Hoy es apenas una confirmación. Y eso, sinceramente, es lo más triste de todo. Porque Cristal no perdió este partido por Moquegua. Cristal perdió este partido porque hace rato dejó de ser un club serio. Y mientras eso no cambie, esto no va a ser sólo un mal momento. Esta es la nueva normalidad.
Acostúmbrense.